15/05/2004

Mc Domingo



Faltaba media cuadra para llegar cuando el olor a aceite recalentado mezclado con la fragancia del Bic Mac inundó mis fosas nasales. Lejos, muy lejos de las imágenes que pueblan los avisos de la sociedad de los arcos dorados, veía el restaurante semivacío. Las sillas, en vez de estar ocupadas por niños rosados abriendo cajitas felices delante de padres extasiados por lo barato que salía un poco de paz, estaban ocupadas por viejos magrebíes y pordioseros que trataban de escaparle a un invierno que no se resolvía a hacer sus valijas. En una esquina, una pareja de adolescentes blancos compartía los restos de una porción de papas fritas. Ella, teñida de un amarillo cobrizo y con una visera de golfista blanca; él vestido con un jogging negro. El neón resaltaba el acné, que había hecho de su pálido rostro un paisaje lunar. A dos mesas de ahí estaba Lorena (ver archivos). Tenía puesto un tapado azul. Con los dedos desmenuzaba la puntita de una medialuna. Su café todavía humeaba, prueba que yo no estaba llegando tan tarde a la cita. No me vio, y preferí ir directo a la caja y pedir una cerveza. Una joven chica negra, cuyas formas trataban de quebrar la asexualidad del uniforme, me indicó que sólo podría servirme mis 20 centilitros de birra si pedía algo de comer. Era la ley. Lo decía como un autómata, como si ante la situación A (yo pidiendo un vaso de cerveza), un resorte B de su cabeza saltase con la frase prefabricada para esta circunstancia. Empecé a comer las papas fritas mientras trataba de adivinar por qué Lorena había ese día roto dos tabúes fundamentales: sacarme un domingo antes de las 12 de la cama y obligarme a entrar a la multinacional de la hamburguesa. Su voz había brotado por el contestador, me había extirpado del sueño y, utilizando un tono que vacilaba entre la neutralidad informativa y una desesperación que amenazaba con convertirse en llanto, me obligó a levantar el tubo del teléfono. Debí de estar muy dormido, en todo caso, probablemente porque su pedido parecía no admitir peros, accedí a salir de mi guarida, acepté cruzar media ciudad y el umbral de Mc Donald’s, a pocos metros de su casa. Intenté por lo menos negociar la sucursal, no, tenía que ser ese McDonald’s. A esa altura la curiosidad me había picado: lo extravagante y urgente de las exigencias, sobre todo de parte de la dócil Lorena, tal vez mereciesen una excepción a un par de reglas de vida.
Pensé que mi puntualidad o mis papas fritas la sorprenderían cuando deposité mi bandeja en su mesa. Apenas me dedicó una mirada y una media sonrisa. Inmediatamente siguió contemplando la calle, tal vez algo sobre mi hombro, o simplemente el vacío. Sentí que el esfuerzo herculeano que había hecho para estar ahí no era recompensado. Ensayé una queja, pero su aire grave, triste, me hicieron pensar en la muerte de algún familiar o algún tipo de drama personal. Había que ir con cuidado. ‘¿Entonces?’, le pregunté.
Bajó la mirada y la arrastró por el piso. Era plastificado con unos motivos a base de motitas azules desperdigadas sobre una superficie beige. ‘Soy una boluda, una imbécil’, soltó, como si el segundo adjetivo fuera más acusador que el primero. Necesitaba que alguien la escuchase, así que me limité a beber con mi pajita, esperando que el torrente que llevaba atascado terminase por romper el dique. Aparté las fritas, como si pudiesen ser inundadas por sus lágrimas, pero ella interpretó el gesto como un ademán solidario y tomó mi mano grasienta colocándola entre las suyas.
Se llamaba (y se sigue llamando) Dominique, es su jefe, su jefe en el taller de diseño gráfico donde trabaja. Se trata de una empresa que se ocupa de crear monos para los periódicos. Monos son los modelos de diagramación de los diarios, algo así me explicó, poco importa, no nos vayamos por las ramas, para eso están los monos. La cuestión es que desde que Lorena llegó a la empresa, al menos es lo que entendí de lo que me explicaba, se estableció entre ellos un flirt. Era más bien un simulacro de flirt. Ambos, de manera exagerada, jugaban a un ping pong de sobreentendidos y cumplidos que Lorena interpretaba como un divertimento. Siendo Dominique notoriamente casado (con una ex modelo), con veinte años más que Lorena y, sobre todo, con un look de hombre de negocios exitoso capaz de conseguirse una amante mucho más interesante que ella, Lorena aceptaba el chiste porque sabía que nada ocurriría. Además, a ella simplemente no le gustaba. Describió los gruesos pelos negros que le salían de la nariz, la panza que parecía crecer cada vez que volvía de unos de sus pantagruélicos almuerzos y de su bigote, sobre todo el bigote, una barrera física que los separaba inexorablemente. Así que él le hacía bromas sobre lo bien que la trataría en una cama; ella decía qué lástima que tu mujer y tus hijos te esperan en casa, o simplemente se lamentaba ante él de lo inútiles e inexpertos que eran los chicos con los que ella salía, de lo bien que le vendría un hombre de verdad. El chiste duró meses. Y en un momento dado, cuando Lorena se dio cuenta de que hacía un año al menos que no tenía algo parecido a un novio, hasta le pareció que el simulacro de una relación estable era un buen placebo. A las invitaciones a la cama de él, ella ya no respondía señalándole la alianza que apretaba el anular regordete, sino que decía cosas como “justamente hoy no puedo, qué casualidad”. Y un día, y era lo que no podía explicarse, dijo “bueno, vamos”. Aparentemente Dominique se puso lívido, la miró serio y se encerró en su despacho. No volvieron a cruzar una palabra durante el resto del día. Pero esa misma noche, bañado, perfumado, engominado y con una botella de vino, se presentó en la casa de Lorena. Lorena no da detalles, entiendo que la cosa fue rápida y mecánica, ni siquiera hablaron. Y así sucedió cada martes y jueves de 20 a 21, sincronizado con el noticiero.
En el trabajo, fue el fin de las alusiones sexuales, aparte de eso nada cambió. Cada tanto, él le daba algún regalo: un perfume, flores que compraba por Internet y cierta vez un libro, el único regalo que ella le devolvió. ¿Por qué aceptaba los regalos? Se decía que Dominique le repugnaba y ante sí misma prefería verse como una querida que como protagonista de una relación amorosa.
Los encuentros se repitieron durante meses con una precisión de relojería. Era algo que aceptaba, como apagar el despertador por la mañana. Durante las últimas semanas, se había dado cuenta que ni bien escuchaba el timbre, mojaba su bombacha. Se odiaba por eso.
Y llegó un martes, hacía ya dos semanas, en que a la hora señalada Dominique no se presentó. Al día siguiente ella no pidió explicaciones y él tampoco se las dio. El jueves, por alguna razón, ella ya sabría que no vendría. Cuando se asomó por el balcón para rastrear su llegada, se dio cuenta de que había caído en la trampa: estaba enamorada de ese personaje que tanto despreciaba. Lo llamó por teléfono, él atendió, ella dijo hola, se escuchó un silencio y, antes de cortar, la voz de Dominique explicándole a alguien “equivocado”. Una hora más tarde repitió la llamada, pero esta vez la recibió el contestador automático. Durante la semana pasada, Dominique la esquivó en el trabajo con la cintura de jugador de fútbol de primera división. Pero una tarde, cuando él salía de la oficina rumbo a su casa, Lorena lo siguió hasta el parking. Ella pidió explicaciones. Él la trató de niña, le dijo que ella sabía que nunca sería algo serio, que tenía familia, que se encontrara a alguno de su edad.
Una vez en su casa, Lorena buscó el número de la casa de Dominique en la guía telefónica. Atendió una voz infantil. No, mamá no estaba. Entonces Lorena le dijo que necesitaba enviar un paquete, que cuál era la dirección. La anotó y colgó. Bajó al bar y pidió una cerveza mientras que con un bolígrafo, describía en detalle los encuentros sexuales entre ella y Dominique con fechas y horas. Escribió varios borradores, mientras un mozo le cambiaba el vaso vacío por uno lleno. Envalentonada por el alcohol llegó incluso a inventarle a Dominique otras amantes y regalos extraordinarios. En el mismo bar compró un sobre y una estampilla. Tuvo que dar sólo seis pasos contado desde el umbral del bar para echarla en un buzón. Dos horas más tarde, arrodillada frente al inodoro, vaciaba sus tripas, hasta la bilis.
A las tres de la mañana, no había conciliado el sueño. El alcohol empezaba a evaporarse de su cerebro y la culpa, que había tomado la forma de la voz del niño en el teléfono, le taladraba la conciencia. Parada en el balcón, contempló el buzón donde había tirado la carta. En pocas horas, un cartero se la llevaría y una familia estallaría. Tenía que impedirlo. Pensó en tratar de convencer al empleado del correo de que le devolviera la carta, pero como ni siquiera tenía remitente no podía probar que ella era la autora. No funcionaría. Tratar de recibirla antes que la mujer de Dominique, a quien iba dirigida la carta, representaba demasiados inconvenientes. “Entonces”, le pregunté a Lorena. “ ¡No tenía alternativa!, ¿me entendés?”, me dijo, mirándome por primera vez a los ojos. “Entonces: eso”, dijo, y con la mirada me señaló el punto que ella no había dejado de observar por sobre mi hombro desde que me había sentado frente a ella. Me di vuelta y junto una cabina telefónica lo vi: el buzón amarillo del correo, negro, unos pedacitos de papel carbonizados que bailoteaban pegados a la ranura. “Ludovico, ¿te das cuenta a lo que uno puede llegar?”.



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