04/05/2004

Duro despertar



Hay pocas cosas tan perturbadoras como despertarse y descubrir una mirada observándote. Es un susto primitivo, un reflejo instintivo que hace que pases de la vigilia al alerta máximo, en un segundo saltás de cero a cien Kms por hora. Dos ojitos chicos y juntos, ligeramente achinados, me escrutaban. La mirada tenía algo de violación, máxime si tenemos en cuenta que tanto Azul como yo estaba en pelota calada. ¿Cuánto tiempo llevaba Pereira ahí parado? Tragué saliva, pero antes de poder emitir sonido alguno, dos pedacitos de carne amparados por el bigotito se movieron para decir con un fuerte acento portugués: “En 10 minutos salgo para París, el señor Bruno me pidió que le pregunte si quería que lo acerque”. Y desapareció por el pasillo sin esperar una respuesta.
Agarré el hombro desnudo de Azul y la sacudí despacio. Le expliqué la situación. Tomó mi mano y, sin abrir los ojos, dijo que se quedaría unos días, que Cordelia le había dicho que aprovechara para empezar el retrato de ella y de Bruno. Sentí que algo se había tramado a mis espaldas, pero no tenía ganas de discutir y, sobre todo, la resaca, que con la edad se volvía cada vez más violenta, no me permitía ensayar un razonamiento ante nadie, incluyéndome. Me puse la ropa, impregnada por un insoportable olor a cigarrillo y transpiración, cubierta con algunos lamparones de sustancias no identificadas y caminé hasta la “sala de los pájaros”.
La luz del día penetraba a través de unos ventanales sucios, dejando pasar unos rayos turbios que bañaban las paredes de la habitación. La violencia de la luz sumada al dolor de cabeza me impedían enfocar los cuadros que poblaban las paredes. Veía los marcos dorados y algunas ilustraciones. Me acerqué para ver un óleo pero ya los bocinazos del Mercedes Benz de Pereira me taladraban el córtex. Caminé hasta el coche y estiré la mano para alcanzar la manija de la puerta del acompañante. Pereira, sin mirarme, extendía el brazo y abría la puerta trasera. Apenas tuve tiempo de mirar hacia tras. Alcancé a ver parcialmente una estructura marrón, unos jardines con árboles muy altos, que mi ignorancia me impiden nombrar, y a Pereira 2, que ladraba mientras corría detrás del auto. Dos horas más tarde abría la puerta de mi departamento. Me tiré en la cama y me quedé frito.



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