02/05/2004

Bañ(ad)era




Era como si estuviese sentado en el fondo de una calesita y alguien le hubiese dado un envión al aparato con todas sus fuerzas. A través de los párpados entornados, la débil luz de la vela parecía estallaba en mi cabeza. Traté de guarecerme aferrándome a Azul, adhiriéndome hasta moldear mi cuerpo contra su cola en la posición ‘cucharita’. Pese al frío, acentuado por la humedad del lugar, Azul seguía negándose a utilizar la sábana, un pedazo de tela de un gris indefinido pero visiblemente pringoso. Apoyé mi mano sobre su nalga derecha y después recorrí su cintura hasta su pulmón, que se hinchaba con cada respiración. Se estaba quedando dormida. Y mis fulgurantes imágenes etílicas se confundían con el prólogo de un sueño que se instalaba con torpeza. En algún momento los cables que me ataban a la realidad se desvanecía y me perdí en los pasillos oníricos de una historia absurda. No sé cuánto dormí, pero recuerdo haber sido despertado por un movimiento brusco, la silueta de Azul incorporándose y saliendo a las corridas de la habitación, seguidas por el golpeteo de sus pies desnudos sobre las baldosas del pasillo, el crujido de una puerta abriéndose con violencia, una voz de mujer exclamando ‘ah’ y el desenlace: una arcadada rematada por una catarata sólida estrellándose contra el agua. Un minuto después se escuchaba el sonido de la cadena del inodoro.
Me concentré en el sueño, pero esta vez la realidad no quería disolverse. A esta dificultad de volver atrás se le sumaba la necesidad cada vez más apremiante de aliviar la vejiga, hinchada por la retención de alcohol y, sobre todo, la voluntad de limpiar el canal que comparten orina y semen. Luché unos minutos que me parecieron horas y me rendí. Agarré la sábana sucia a modo de toga y busqué el baño. No fue difícil encontrarlo: la rubia luz emitida por algunas velas iluminaba la puerta abierta del único punto que no se había entregado a la espesa oscuridad del pasillo.
Desde ahí, con la luz, se filtraba también el cuchicheo de dos voces femeninas, apenas interferidas por momentos por el ruido de un movimiento acuático, como si alguien pasase una mano sobre la superficie del agua.
Azul, desnuda, estaba sentada en el inodoro. Tenía las piernas juntas. Sus rodillas sostenían sus codos, que a su vez aguantaban los brazos que sostenían su cara. Inmóvil, sin interrumpir su frase, me guiñó un ojo y levantó los hombros, como disculpándose. Di otro paso y escuché nuevamente el ruido del agua. A mi derecha descubrí primero la bañadera (bañera), después el rostro de Cordelia, que emergía del agua dorada por la luz de las velas. Se había atado el pelo azabache haciendo un rodete con lo que parecía un pincel. ‘El champagne’, acusó Azul, mirándome como si fuese la respuesta a una pregunta que yo le hubiera formulado. ‘No, alguna ostra en mal estado, el champagne, sobre todo cuando es de buena calidad no te puede hacer nada’. ‘¿A ti te calló mal, Ludo?’, quiso saber Azul. Atontado todavía por los vapores etílicos traté de procesar la información, pero sólo obtuve una punzada de mi vejiga’. Dadas las circunstancias pensé en buscar alguna solución alternativa a mi urgencia. Tal vez fue por la elocuencia de mi desesperada mirada, pero sin necesitar una explicación Azul me ofreció su trono. Les di la espalda y desplegué la sábana como si fuese un murciélago, tapando el espectáculo visual que mi estrepitoso chorro chocando contra el agua de la taza delataba. Cuando hube terminado, me enrollé nuevamente en la sábana y me senté en el retrete. Azul se había sentado al borde de la bañadera. Su nueva ubicación dentro del baño hacía que pudiese mirar hacia Cordelia sin tanta alevosía.
Aparentemente, Azul, y luego yo, habíamos irrumpido en el medio del baño de inmersión de Cordelia. A juzgar por el incienso, los pomos de champú y espuma abiertos y un jaboncito verdoso junto al candelabro, habíamos interrumpido un ritual personal. Las velas, ubicadas en el borde diestro de la bañera, junto a la pared, proyectaban el perfil de Cordelia contra la pared opuesta. Su cuerpo estaba sumergido a partir del principio de sus senos, y cada vez que se incorporaba para poner otro poco de agua caliente, de la superficie lechosa a causa del jabón emergía la aureola de sus pezones, duros como dardos.
Con una voz grave, lenta, sedada por el baño, Cordelia nos habló del castillo. Sabía poco, Bruno se mostraba reacio a tocar el tema, y cuando lo hacía era difícil adivinar qué era cierto entre todo lo que contaba. Entendía que lo había heredado cuando su padre, que había hecho fortuna con una fábrica de medias de nylon, murió, cuatro años atrás. Su madrastra se quedó con un departamento en Nueva York, una villa en Provenza y probablemente un par de millones. A su hermana le tocó un hotel en Córcega, un estudio en París y, como a Bruno, una renta mensual de diez mil euros. El castillo fue para Bruno que, con el estado avanzado de abandono del edificio y la fortuna que había que invertir para restaurarlo, probablemente se había llevado la peor parte. Pero Bruno no protestó, no se había hablado con el padre en los últimos quince años; sentía que le había legado mucho más de lo que podía esperar. En realidad no esperaba nada, y el día que recibió el llamado del abogado de su padre notificándole la reunión para la repartición de bienes, sintió que el mundo se le caía encima.
La distancia con el padre había surgido como una rebeldía adolescente. Había tomado la forma de una traición de clase, que se había traducido primero en discusiones cada vez más violentas en la mesa, seguidas por el abandono del hogar y la renuncia a aceptar cualquier ayuda económica por parte de la familia. Según Cordelia desde entonces trabajó en fábricas, cadenas de fast food y terminó como un aprendiz de artesano que hacía muebles para una multinacional sueca.. Perdió todo contacto con la familia, aunque sus ideas habían ido cambiando. Ahora, a su odio por la alta burguesía, se le había agregado su asco hacia la pequeña burguesía, los comerciantes, las profesiones liberales y el proletariado. Esto Cordelia no lo contaba con estas palabras, lo resumo tal como yo iba entendiendo. Ella sobre todo respondía con monosílabos a las preguntas de Azul, que hamacaba una pierna sobre la otra mientras sus dedos jugaban con el agua.
La cuestión es que Bruno se encontró con un formidable regalo envenenado. Un lugar donde vivir y una renta vitalicia. Por un lado ya no tenía que trabajar para sobrevivir, pero vivía con la culpa de debérselo a su padre, de aceptar que él había terminado por ganar la discusión. Esta contradicción lo había convertido con el tiempo en un ser cada vez más agrio, en un cínico. Y si bien vivía literalmente con un rey, lo hacía con un terrible sentimiento de culpa. Esto explicaba por qué no sólo se negaba a reparar los daños más urgentes en el castillo, sino que para estirar la renta mensual lo alquilaba como escenario de películas porno. Muchos nobles hacían esto para poder conservar y remodelar el bien familiar, pero trataban en lo posible de que el Château no pudiese ser identificado en la película. Para ello, imponían una cláusula que estipulaba que no habría ningún plano general del lugar y se cercioraban de no dejar ningún cuadro u objeto que delatara el origen de los decorados. Bruno, en cambio, hacía lo contrario. Le indicaba sitios en los alrededores para hacer panorámicas, dejaba en la habitación principal (la única en estado de ser mostrada) bien visible el retrato familiar, que quedaba como tela de fondo de los lúbricos ejercicios de los actores. Gracias a la televisión por cable y las parabólicas, la región apareció en el mapa del universo porno, y esto, el pueblo que estaba al pie del valle nunca se lo perdonaría.
En algún momento Azul me tomó de la mano y nos fuimos a dormir.




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