30/04/2004

En el castillo




Al principio solo se veía la silueta de la torre frontal izquierda. Se recortaba en la noche detrás de la catedral del pueblo, que estaba al pie del valle. Como no quiero tener problemas con Bruno (por más remota que sea que una de estas líneas le lleguen) no daré el nombre del lugar. Baste decir que se trata de un poblado de unas 500 almas que, en verano, se multiplican por cuatro. Según Cordelia, allí se pueden comprar, en algunas tiendas, unas postales hechas por un fotógrafo amateur que, cada tanto, le vende un retrato del castillo a un errático turista sajón. Esto, y otras cosas, me lo contaría Cordelia sólo más tarde, porque en el coche todos seguían mudos, apenas se escuchaban los blups de las bocas despegándose de los picos de las botellas de champán.
Al parecer, en el pueblo, el castillo se había vuelto un tema de discordia, porque en vez de explotarlo turísticamente, Bruno, su único heredero desde hacía cuatro años, no autorizaba las visitas de turistas ni de nadie, y eso pese a las promesas de jugosas subvenciones que el alcalde y sus secuaces habían sacudido delante de las narices de Bruno. El encono del pueblo había llegado a tal punto que debían realizar las compras en un Carrefour de las afueras porque los comerciantes no los atendían cuando entraban en sus tiendas. Según supe más tarde había también otra razón.
Debían de ser las once de la noche cuando los faros del Jaguar barrieron el portal de la propiedad. De la oscuridad surgieron primero, a un metro del piso, dos ojos amarillos. “Pereira dos”, nos informó Cordelia. Luego de encandilar al dóberman, el haz de luz fue ocupado por un hombre bajito y rechoncho, con un mostacho finito y unos ojos muy juntos. “Pereira uno”, explicó Cordelia. “Pereira uno” era Joao Pereira, el casero portugués que Bruno había heredado con el castillo. Tenía al menos sesenta años y caminaba como si cargara en sus espaldas todo el peso del mundo. Abrió y cerró el portón detrás del auto, sin hacer ningún otro ademán. Por el espejo retrovisor lo vi meterse en una casita de piedra con dos ventanas, supongo que allí vivía.
Esa noche no pude ver nada del aspecto exterior del castillo. Apenas entre los árboles se podía especular sobre sus dimensiones. Una única luz alumbraba débilmente sola una doble puerta de madera de unos tres metros de alto. Ni bien franqueamos el umbral, nuestra vista tuvo que acostumbrarse a la penumbra. Bruno pasó primero, se agachó y algo hizo clic. Un spot tirado en el piso bañó de luz parte del piso de baldosas y una esquina de lo que Cordelia llamó la “sala de los pájaros”. El nombre se explicaba por las pinturas descascaradas que se adivinaban en el cielo raso. El resto del lugar permanecía a oscuras. Desde la última tormenta, el sistema eléctrico se había descompuesto y se usaba lo menos posible.
Llevamos las ostras y las cajas a la cocina, una gran habitación con una cocina a leña que tronaba en el medio de la sala. Mientras descargábamos las cosas prácticamente en la oscuridad, Cordelia apareció rodando en rollers con un gran candelabro en la mano izquierda: parecía la Estatua de la Libertad en patines. Ya con luz, nos instalamos a comer en la cocina. En un momento dado, Bruno pareció preocuparse por algo y dijo “ahora vuelvo”, antes de salir. Mientras, Cordelia nos dijo que sólo el ala izquierda de la planta baja del castillo estaba habilitada, que dado el estado de deterioro del lugar habían clausurado la mayor parte del edificio. En eso, desde el hueco de la puerta, surgió la punta de un pequeño revólver empuñado por Bruno. Fue hacia Cordelia que, restándole importancia al hecho hizo un “no” de reproche con la cabeza. Bruno bajó el arma hasta la altura de un montón de tronquitos acumulados junto a una chimenea y realizó dos disparos. Al estampido le siguió un ruido de maderas cayendo y un “cuic, cuic “ que terminó con el cuerpo de una rata vomitando sangre en el medio de la cocina. Un alarido de Azul acompañó los últimos espasmos del roedor. Cordelia empezó una frase para regañarlo pero, al contemplar la mirada de Bruno, se calló.
Terminamos las ostras hablando primero de los cuadros de Azul y luego de pintura en general. Bruno nos dijo que con la luz del día podríamos apreciar algunas de las telas que le había dejado su padre. “Las que no vendiste”, acotó Cordelia.
Luego del café, cada cual agarró una botella e hicimos una mini visita guiada de la parte accesible del castillo. A la izquierda de la “sala de los pájaros” se abría un pasillo al que daban varias habitaciones y un baño. La mayoría de las puertas estaban cerradas. A medida que nos adentrábamos en las entrañas del edificio, el olor a humedad y encierro se hacía más intenso. Seguíamos a Cordelia, que suspendida a sus rollers avanzaba con el candelabro, que derrama una luz rubia sobre sus pálidas piernas: una imagen que quiero llevarme a la tumba.
Algunas de las puertas estaban cerradas con llaves, y al parecer nadie las tenía y tampoco nadie se interesaba en saber lo que había ahí dentro. Al final del pasillo nos topamos con una puerta más grande que las otras. Cordelia la empujó con la palma de la mano libre y nos encontramos en un patio cubierto de adoquines. Cordelia lo cruzó con dificultad, como si tuviera zancos. Antes de llegar a la puerta del otro lado del patio alcancé a ver un pedacito de luna. Entonces escuché que Azul me llamaba. Había entrado con Cordelia a lo que parecía una pequeña capilla. El altar, algunos cuadros y las estatuas de la Virgen y sus secuaces estaban en perfecto estado, pero lo que llamaba la atención del visitante era la cama King Size deshecha pegada al altar. “Nuestro dormitorio”, dijo Cordelia con una sonrisa falsamente naif.
Volvimos a la “sala de los pájaros”, donde otra fuente de luz había surgido. En una esquina, una luz azul iluminaba la cara de Bruno, sentado en un sillón antiguo. Mira una pantalla de plasma. Le había quitado el sonido. Un hombre negro exploraba con un miembro kilométrico el ano de una rubia. El negro la taladraba y los ojos azules de ella se llenaban de lágrimas, parecían cargadas de dolor. A la fiesta de sumaba un blanco de piel rosada muy gruesa que, por la mala calidad de la filmación, tenía un color sanguíneo, como las manos de un carnicero. Con una mano abría la mandíbula de la mujer y la ahogaba con su pija. Cuando ésta no iba directo por el conducto de la garganta, se perdía en la pared interior de un cachete. Cordelia nos miró y alzó los hombros, como disculpándose. Pero avanzó hasta el sillón, sentándose en las rodillas de Bruno. Este no parecía ya percatarse de nuestra presencia, y deslizó una mano bajo la pollera escocesa de Cordelia, que apoyaba lentamente el candelabro en el piso.
Azul, como si fuera lo más natural del mundo, caminó hasta el candelabro, tomó una vela y dijo “buenas noches”. Bruno, sin despegar la vista de la pantalla asintió, y Cordelia nos dijo “duerman bien, pueden usar cualquiera de los cuartos, el baño está a la mitad del pasillo”.
Le di la mano a Azul como un chico que teme perderse. Cada tanto probábamos una puerta, pero o estaba cerrada o el olor hediondo nos invitaba a seguir buscando. Cuando nos dimos cuenta de que todo parecía estar en el mismo estado de abandono, escogimos una habitación que daba al patio, por lo menos así entraría algo de aire.
Nos sentamos en la cama y ésta se hundió como si el somier no opusiera ninguna resistencia. El colchón despedía un olor pútrido. Azul me pidió que lo pusiéramos en el piso, que no quería dormir en esa cama. Empecé a maniobrar para sacarlo de la cama y me di cuenta de lo borracho que estaba. Se lo dije a Azul, que me respondió que a ella le parecía que la habitación no dejaba de moverse.
Torpemente terminamos de instalar el colchón y nos acostamos mirando hacia el techo. Desde el otro lado nos llegaban los gritos de Cordelia. Parecía que la estaban sacrificando. Por el pasillo rebotaban los ecos de ‘ay’, de ‘sí’, de ‘así’, mezclados con algunas expresiones ininteligibles. Yo me sentía con nauseas y trataba de agarrarme la cabeza para que el mundo se esté quieto.
Quise cubrirme con las sábanas, pero Azul me dijo que eran un asco, que si quería calor ella me lo daría. Su boca y sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo anestesiado, con una brusquedad que no le conocía. Yo también le manoseaba las tetas, trataba de sacarle la ropa, pero liberar cada botón, cada cierre, era una epopeya. Mis manos se cansaron, me dolían. Y ante el entusiasmo de Azul mi cuerpo no respondía. “Yo puedo levantar a un muerto”, me dijo. Necesitó toda la destreza de su lengua y una gran obstinación para conseguir lo que quería. Pero una vez que logró su erección, ésta se prolongaba indefinidamente, alerta, pero distraída frente a sus esfuerzos para alcanzar el éxtasis. Yo vivía todo esto como si le pasara al otro, el alcohol había puesto una barrera entre yo y la realidad. Y la realidad era Azul saltando sobre mis muslos como si en eso le fuera la vida. Por un fenómeno puramente mecánico la descarga de semen terminó inundándola, y si no le gritaba que ya había acabado me vaciaba las entrañas. Entonces, como un soldadito exhausto que ha cumplido una misión imposible, se echó a mi lado.

Continuará...


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28/04/2004

La resolución de no continuar con este blog estaba tomada. Pero algunos de los comentarios recibidos me hicieron pensar que tal vez, después de todo, alguien leía esto. Por otro lado admito también que pasaron pocas horas de la clausura y ya extraño el espacio. Así que por lo pronto continuaré, y después veremos.




Ostras

Bruno al volante, Cornelia en el asiento del acompañante y Azul y yo detrás. El coche era un Jaguar, ignoro el modelo o el año, pero parecía que lo había encontrado en un basurero: estaba cubierto de barro y adentro se respiraba un indescifrable olor rancio.
A las dos cuadras hicimos un alto en un restaurante que da sobre la plaza de la Bastilla. Nos estacionamos (aparcamos, los demás argentinismos los deberán buscar en el dicc. de la RAE!) en doble fila. Bajaron Bruno y Cordelia. Desde el auto vimos a Bruno decir unas palabras y la cara sorprendida del vendedor. Este llamó a un mozo que estaba dentro del restaurante, le dio una orden y el camarero volvió al interior. Antes de que el vendedor terminase de llenar la bolsa de ostras y hielo, el otro mozo apareció acompañado por un indio (por el delantal probablemente el cocinero) cargando un caja de vino y otra de champagne. Mientras las colocaban en el baúl del auto, Bruno sacó un delgado fajo de billetes y le dio tres de los verdes. Yo no los identifiqué, apenas si conozco los azules, de 20, pero Azul me dijo que eran de 100 euros.
Bruno se volvió a sentar delante del volante, mientras que Cornelia desapareció unos segundos de nuestro campo de visión para reaparecer enseguida con dos botellas de etiqueta naranja: Veuve Cliquot. Me incliné para abrirle la puerta delantera y, antes de volverme a sentar lo vi, justo debajo de su ombligo pirceado, el cinturón con tachas.
Durante el camino Bruno permaneció callado. Mientras las chicas y yo tomábamos del pico de una misma botella, él se había agenciado la otra que, sorprendentemente, bajaba más rápido que la nuestra. A nadie parecía preocuparle ni la cantidad de bebida que nuestro conductor ingería ni el hecho de que los flashes de la autopista habían disparado tantas veces que, juntando las fotos, las autoridades podrían haber hecho un aviso en contra del consumo de alcohol al volante. En todo caso nadie le dijo nada, primero porque Bruno parecía el único al que la bebida parecía no afectar, pero sobre todo porque sus silencios, que se hacían más densos a medida que avanzaba la noche, inspiraban una suerte de respeto, aunque también podría haber escrito “temor”. Yo sentía en el una violencia contenida que Azul no parecía percibir. Cornelia tuvo una muestra gratis de ella cuando, buscando en la guantera algún CD, le dijo que era un viejo de mierda, que sólo escuchaba música clásica. Bruno parecía no escucharla. Muy excitada, para no decir histérica, quizás por el champaña, Cornelia empezó a buscar otro tipo de música en la FM. A todo volumen. Quien haya escuchado la radio francesa; quien haya entrado a un bar, sabe que, musicalmente hablando, los franceses viven en los años ochenta. Por eso fue casi un alivio que mientras empezaba a sonar muy fuerte un tema de Duran Duran, Bruno apagara la radio. Cornelia empezó a emitir una queja, pero sin decir agua va, sin despegar la mirada del asfalto, Bruno le cruzó el revés de la mano derecha en la cara. Se hizo un silencio. Azul me apretó la mano. Bruno volvió a encender el estéreo, pero esta vez lo que sonaba eran las variaciones Goldberg, del bueno de Bach. Cornelia no dijo una palabra, simplemente se llevó una mano a la mejilla y se la acarició un par de veces. Nadie volvió a hablar. Bach seguía sonando cuando, a lo lejos, vislumbramos las torres del castillo.

Continuará

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26/04/2004

Ultimo post

Debido al escaso interés suscitado por este blog, anuncio con pesar que este post es su acta de defunción. Gracias a sus (pocos) lectores,
Ludovico

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21/04/2004

Divertimento gótico, primera parte.



La cita era a las ocho y media. La idea era pasar a buscar a Azul, tomar una copa y acumular hambre para luego hacer algo de comer en casa. La cita era en Les enfoirés, un bar que queda a dos cuadras de la plaza de la Bastilla. Aparentemente, alguien quería comprarle cuadros a Azul. No uno ni dos, al menos tres, que había visto en lo de un amigo en común y encargarle otros dos: un retrato de él y otro de su prometida. El término es cursi, en francés es fiancée, y Azul usó varias veces la palabra para referirse a ella, como si fuera importante. Aparte de la hora del encuentro y del nombre del lugar, me había dado otra información: el lugar era frecuentado por neogóticos. ‘Ah, bueno’, fue lo único que se me ocurrió decir antes de colgar.
En el trayecto en metro, miraba cómo los pasajeros observaban con inquietud a un tipo de piel tostada y larga barba vestido con una túnica: cargaba con gran bolso. Dos o tres veces, el hombre dejó abandonado el bulto en una esquina del vagón y se alejó para mirar (o fingir que miraba) un diminuto plano de metro. Como si olvidara enseguida la información que había registrado, iba y volvía, lo que inquietaba a una vieja y a un señor de sombrero que, moviendo los labios listo para emitir un sonido, se limitaba a arquear las cejas. Llegados a la estación de Austerlitz el barbudo partió con su bártulo hacia otro destino y escuché más de un suspiro de alivio.
El resto del viaje lo dediqué a pensar qué quería decir eso de neogótico. Hacia ya algún tiempo que había dejado de seguir la evolución de las distintas tribus urbanas que pueblan esta ciudad. Para mí los neogóticos eran lo que en los ochenta llamábamos los darks. Pensaba que la diferencia entre ambos movimientos era la que había entre digamos Robert Smith y Marilyn Manson. Pensaba que sólo habían pasado los años y el cambio estribaba simplemente en el agregado de unos samplers. Pensé en Nin Inch Nails. Pero sobre todo en las influencias baudelairianas, en Lord Byron, en los Decadentes, en Shelley, en fin, en toda una corriente oscura asociada al romanticismo, la necrofilia, etc. Se me ocurrió que llegar al bar con saco y corbata haría de mí un asqueroso representante de la normalidad burguesa. ¿Pero qué es hoy en día la normalidad?
Llegué a las nueve menos cuarto. Hago esfuerzos sobrenaturales para llegar tarde a las citas. El bueno de Oscar W. dice que sólo la gente aburrida es puntual. Hay algo de eso, pero prefiero ser esperado que esperar.
Todos de negro. Todos blancos. Casi todos maquillados con pintura blanca y rimel, mucho rimel para la dama y el caballero. Música industrial no identificada. Alcancé a ver un mechón rojo de Azul, pero antes mi mirada se clavó en 30 centímetros de ella, debajo de su mesa. Dos piernas largas color marfil salían de una pollera escocesa roja. Las piernas, con los músculos bien marcados, estaban cubiertas por una delgadísima media de red negra. Antes de poder levantar la vista hasta la cara de su propietaria, sentí como una mirada se clavaba en la mía. Al lado de las piernas estaba sentado un tipo de unos treinta años. Me escrutaba abiertamente con unos ojos entornados, cuya mirada no sabía si interpretar como un desafío de custodia viril o, por el contrario, como risueños, burlándose de un chiste destinado sólo para él. ‘Ludovico’, gritó con una voz raspada de fumador empedernido. Para cualquiera que mirase la escena desde fuera, sólo podía tratarse de la familiaridad de un saludo entre viejos conocidos. Hasta dudé si nos habíamos visto en otra parte, pero ninguna imagen de mi archivo personal acudía. Azul se dio vuelta y ni bien vi sus ojos supe que estaba por lo menos en su tercer trago. Me saludó con un chupón con gusto a margarita. Me presentó a Bruno y a la dueña de las piernas, que sin pestañar (con pestañas largas y negras) dijo con voz cantarina ‘Cornelia’. ‘Nombre artístico’, acotó una parte de mi cerebro.
Azul era otra. No sabía cuánto tiempo llevaba en el bar con aquella pareja, pero enseguida noté que tenía un fraseo y algunas palabras que no le pertenecían; me bastaron unos minutos para comprobar que se los había contagiado de ellos. Mientras yo tomaba para alcanzar el nivel etílico de los demás, Azul me contó que Cornelia cursaba con ella en Bellas Artes. Se conocían desde hacía un par de meses y Azul le había regalado una cuadro, ‘Te acordás de la naturaleza muerta?’, me preguntó. Enseguida recordé un paisaje urbano devastado, un Chernobil que ella había bautizado así. ‘Bueno, se lo había regalado a Cornelia y Bruno lo vio y le gustó’. ‘No, me encantó’, aclaró el interesado. La cuestión es que Bruno, que parecía pasado de merca, quería comprar más. ‘Para su castillo’, agregó Azul con los ojos bien abiertos. Pero Bruno no la dejó seguir, minimizó la importancia de su propiedad (una herencia de su padre, ‘que era un hijo de puta’, aclaró) y se concentró en decir todo lo que le gustaba la pintura de Azul, de la que no había visto, dicho sea de paso, más de un cuadro.
Mientras contaba todo esto agitaba mucho las manos. Tenía un anillo negro en el anular y uno de metal en el pulgar derecho. Aparte de eso, tenía una remera negra y una campera de jean, que con su corte de pelo muy al ras lo convertía en el hombre más ‘normal’ del bar.
Los demás parroquianos parecían muy ocupados en el look, y según supe a partir de algunos comentarios de Cornelia, eran unos perfectos burgueses que se refugiaban en el marketing alternativo. Decía que eran una perfecta manga de ignorantes y que usaban esta estética por motivos que nada tenían que ver con Baudelaire. Muchas veces los chicos lo hacían como una reacción al hip hop dominante, donde los protagonistas eran árabes y negros, mientras que las chicas lo hacían porque no solían responder a los cánones de belleza de la sociedad actual, por lo general unos kilos de más. Palabras más, palabras menos, esta era su explicación, que salía de unos labios pulposos apenas entreabiertos, barnizados con varias capas de un rouge sanguíneo. Tenía los ojos muy pintados, carbonizados, que ponían de relieve unos ojos de un celeste metalizado. Si uno se acercaba lo suficiente, podía ver las raíces en su cuero cabelludo: era rubia, pero tenía el pelo teñido de negro. Muy lacio, éste se derramaba por una piel lechosa que se perdía en un escote cavado. Ahora la describo de una sola vez, pero la iba viendo por pedacitos, como armando un rompecabezas con las piezas que le robaba con cada mirada furtiva: no quería ser muy alevoso frente a nuestras respectivas parejas. Azul no parecía notar nada, pero Bruno, cada tanto, me sorprendía y se quedaba callado, emitiendo una semi sonrisa que me incomodaba.
Hablamos de los góticos, sobre todo de la moda de limarse los dientes caninos y tener una lengua bífida, que consiste en cortarse la punta de la lengua para parecer una víbora. Hablamos de los castillos, Bruno contó que había alquilado el suyo para el rodaje de una película porno con chicas venidas de Hungría. Hablamos del arte contemporáneo, de esa chica inglesa que vende píldoras para volverse negro, judío o exitoso escritor de best-sellers. Hablamos de comida, de vinos, del hambre que todos teníamos y fue entonces que Bruno dijo que compráramos ostras y champaña por el camino y cenáramos en su castillo, que estaba a dos horas de París. Tenía su auto estacionado afuera, agregó. Su propuesta no admitía peros. Le dije que tenía que trabajar temprano por la mañana, me dijo que no sea tonto, que él pagaba el taxi. Fuimos.

Continuará...

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20/04/2004

Tachas



Azul usa (no puede decir cuando empezó a hacerlo) un cinturón con tachas. Veo por las calles que el viejo cinto metalero está de vuelta, pero usado por gente que jamás ha hecho pogo en su vida. Alguien puede decirme a qué extraño fenómeno obedece este come back?

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18/04/2004

Así viven los presos

Leído en Página/12, diario de Bs As

TRUCO

El fiscal cordobés José Mana no podía creerlo. “Nunca me pasó nada parecido”, dijo. Mana ordenó ayer la libertad de un cuidador de autos condenado a dos semanas de prisión por una pelea, que había cumplido su pena. El hombre lo dejó mudo cuando le pidió quedarse preso un día más. Lo que ocurre es que esta noche hay una final de truco en el penal de Bower y el detenido no quería perderse la final. No pudo ser: le ordenaron salir en libertad.

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06/04/2004

Pitt-bull




Podría tocar los culos más tristes esta noche.

Azul se fue hace un rato de casa. Me dejó la almohada empapada de lágrimas. Antes, le había preguntado sobre su novio, o aquel tipo con quien me topé hace unas semanas saliendo de su casa. Empezó nuevamente a comerse las uñas, que ya no son mas que cutículas dentadas. Resumió: 'Mi concepción de la vida en pareja no es exactamente ser montada por el pitt-bull de tu novio mientras este se pajea'. Después se fue. Me quedé pensando.

En francés, enfermededad venérea se dice MST.
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