26/03/2004

Qué tren, qué tren




No estoy yendo a trabajar, no me echaron, pero mi jefe entendió que era mejor darme unos días y conversar después sobre qué me estaba pasando. Me dijo ‘tomá las llaves de mi casa en Bretaña, y hasta que no se te cambie la cara no te quiero ver. A más tardar volvete el martes’. Me lo dijo en francés, pero yo lo traduzco. No le dije ni gracias, con un gesto mecánico me metí el llavero en el bolsillo, apagué la compu y me fui a casa a buscar algo de ropa. En el camino me crucé con Azul. Hacía rato que no la veía; pareció alegrarse cuando la sorprendí justo en el momento en que abría su puerta. Vi que no había nadie dentro y le dije sin pensarlo ‘tengo una casa cerca del mar por un par de días, salgo en una hora, ¿te dice...?’. Me miró como si le hubiese pedido una taza de azúcar y me dijo con una voz muy finita ‘bueno’. Media hora más tarde, mientras yo intentaba dar con las parejas de los pares de media que se habían fugado, golpeó la puerta. Tenía el pelo naranja atado, una mochilita negra y su carpeta de dibujo debajo del brazo. ‘¿Vamos?’, me preguntó, como si fuésemos una pareja que había planeado este viaje desde hacía días.
Apenas hicimos 20 minutos en el tren y ya se había quedado dormida. Sentada frente a mí, se la veía en paz consigo misma. Respiraba despacio, por la boca, que se hinchaba levemente cuando exhalaba. Tenía puesto un jean sucio con manchitas de pintura y una camisa verde que resaltaba su pelambre. Había doblado las rodillas y, como el tren estaba semivacío podía apoyar sus medias blancas en el sillón de al lado.
Azul dormía tan bien y yo había dormido tan mal en los últimos días que su placidez me resultaba insultante: así de jodido soy.
La idea se me ocurrió cuando vi que junto a su pie derecho había dejado su teléfono celular. Lo agarré sin tocarla y lo puse en modo silencioso, es decir vibratorio. Luego, me saqué mi campera y, mientras se la colocaba muy suavemente sobre las piernas como protegiéndola del frío, logré disimularle el teléfono en la entrepierna sin que se despierte. Entonces, sin hacer ruido, me fui al baño del tren: el muñequito estaba verde, el baño estaba vacío. Haciendo durar la espera me senté en el inodoro y después de unos interminables segundos prendí mi celular (lo tenía apagado desde hace días) y haciendo caso omiso de la señal que me indicaba que tenía 7 mensajes marqué el número de Azul. Una, dos, tres, cinco veces. No sabía si la había despertado, en todo caso no contestaba. Traté de masturbarme, pero no funcionó, así que meé y volví a mi lugar. Azul había cambiado de posición. Su cuello se había torcido en diagonal hacia la izquierda, dejando su rostro cubierto por mi campera. Parecía dormida. Me quedé un rato mirando su ceja izquierda, prolijamente podada, pero el resto del rostro permanecía oculto. Cuando ya me resignaba a ver pasar el aburridísimo paisaje francés, sentí que algo blando me tocaba el tobillo: el pie de Azul subía despacio por mi pantorrilla. La vi levantar la mirada: tenía la cara roja, no sonrojada, sino por la sangre que surge por la urgencia de la carne. Entonces, como si yo fuera un niño y sin importarle la mirada del resto de los pasajeros, me agarró de la mano y me condujo al baño. Me empujó dentro, cerró la traba detrás de ella y, sin dejar lugar a objeciones, me bajó los pantalones y me empezó a chupar. Yo pensaba en el gusto de mi pija, porque acababa de mear, pero a Azul eso no parecía importarle y unos segundos después yo no podía pensar en nada.
En un momento dado, se puso de pie, se bajó los pantalones y su bombachita roja y se dio vuelta, apoyando las mano contra el lavatorio. Tres veces la penetré, la cuarta le acabé adentro.
Luego nos tomamos una botella de vino en el vagón restaurante.
Estuvo lloviendo en Bretaña. Esta mañana, cuando me desperté, Azul me dibujaba con carbonilla en su block. Y aunque teníamos hambre (en la heladera no hay nada) nos quedamos todo el día en la cama de mi jefe. Por la tarde Azul dijo que se iba a comprar algo para comer. Yo aprovecho para colgar, gracias a la PC de la casa, un post.

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21/03/2004




Así viven algunas mujeres. Fuente: BBC

La estudiante que subastó su virginidad en Internet

Un divorciado pagó 15.398 dólares por ser el primero en acostarse con ella

Rosie Reid, una lesbiana londinense de 18 años, perdió la virginidad ante el mejor postor. un ingeniero británico de 44 años, divorciado y con dos hijos, pagó 8.400 libras esterlinas (US$15.398) por ser el primer hombre en tener relaciones con la joven.

Rosie obtuvo ofertas de 2000 hombres en su página web.

Con el objetivo de reunir lo suficiente para pagar la matrícula de su curso en la Universidad de Bristol, Reid ofreció en una página de internet acostarse con el hombre que le ofreciera más dinero.

Según el diario inglés News of the World, un ingeniero británico de 44 años, divorciado y con dos hijos, pagó 8.400 libras esterlinas (US$15.398) por ser el primer hombre en tener relaciones con la joven.

Reid decidió dar este paso para evitar el peso de una deuda de 15.000 libras (aproximadamente US$ 27.500) al concluir sus estudios de Políticas Sociales.

Acción drástica

"Fue horrible... Me sentía nerviosa y asustada", dijo al periódico.

Me sentí obligada a complacerlo, ya que había pagado todo ese dinero


Reid dijo sentirse obligada a complacer a su cliente luego de que este había aceptado pagar la alta suma, por encima de otros 2.000 hombres que participaron de la subasta virtual.

"No sentí como si estuviese ocurriéndome a mí. Me sentí como si estuviera observando lo que le pasaba a otra persona", explicó Reid al contar su experiencia.

Mientras esto ocurría -según la entrevista, hace exactamente tres semanas-, su pareja lesbiana, Jess Cameron ocupaba una habitación en el mismo hotel. La estudiante dijo sentirse aliviada al concluir el acto y desesperada de regresar a los brazos de su novia. A la mañana siguiente se reunió con Cameron para "llorar y llorar".

Reid quien trabajaba para pagar sus estudios, dijo que prefería acostarse con un hombre extraño antes que enfrentar la perspectiva de años de pobreza honrando su deuda estudiantil.
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18/03/2004

Kool




¿Es peor que sea negro? ¿Es peor que Peter, el negro que hoy penetra a Carolina, la mujer que me dejó y cuyo recuerdo ahora no me deja dormir, sea negro? No. O sí, depende. Por empezar no creo en las razas: la cantidad de tiempo que tal o cual población haya quedado expuesta al sol me tiene sin cuidado. Me parece tan ridículo estar orgulloso de ser blanco como exaltar su negritud. Simplemente porque uno no puede estar orgulloso de lo que no consiguió por sus propios medios. En otras palabras, ¿cómo estar orgulloso de la obra del azar? Tiré un dado, me saqué un seis, qué orgullo... ridículo. A lo sumo uno puede estar contento de estar más o menos bronceado. Para sintetizar: sólo creo en la raza humana. Una raza bastante chota, dicho sea de paso. Ahora, hay algo que sí me molesta del hecho de que Carolina me haya dejado por un hombre negro: Carolina no eligió a esa persona pese a su color o sin pensar en su color, sino que lo escogió porque es negro. Dentro de la fantasía sexual occidental masculina, el negro viene a ocupar el lugar que ocupa la rubia para las mujeres. El negro es el grado más alto de la virilidad, como la rubia en el imaginario colectivo es la come hombres roba maridos por naturaleza. Hay algo de esto en mis... celos(¿?) Probablemente, pero no es todo. Viendo una y otra vez la foto de Caro, observando detenidamente su ropa, desmenuzando las palabras que me dijo, creí comprender que ella estaba haciendo un viaje hacia el mundo cool, y que no pensaba llevarme en su equipaje. Peter, con su look “no hay nadie más cool que yo en este planeta, man”, es al menos la primera parada (o erección) en el viaje iniciático de Caro. Visto de este modo, Peter es un producto más de nuestra sociedad de consumo cool y, una vez que mi querida y blanquita Caro haya vaciado la sustancia cool de nuestro negro, seguirá viaje. El negro no será más que un kleenex hecho bollito en una esquina de su espejo retrovisor. ¿Y yo en todo esto? Mi papel es, supongo, el ex novio conservador, el aburrido del que tuvo que huir para sentirse viva, en el peor de los casos un lugar seguro a donde volver si todo sale mal. La verdad es que el papel que me toca no me gusta. Así que, muy solemnemente, a partir de hoy decido convertirme en un hombre cool.
¿Pero cómo viven los hombres cool? Se aceptan sugerencias.

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15/03/2004

Tachos



Todos los tachos de basura del metro están tapados. No vaya a ser cosa que alguien se deje olvidados algunos kilos de trinitrotolueno... Así que estos cubos tienen encima una tapa de plástico, y los viajeros dejan ahí sus desperdicios, que se acumulan a gran velocidad. A las 9 de la mañana ya había pilitas de diarios, papelitos, chicles, una manzana a medio comer, en fin, igual que en mi casa.
No ha pasado demasiado en los últimos días. Me refiero a hechos. Vi idiotizado las noticias. Los muertos, los pedazos de muertos. Sentía una gran distancia frente a esta tragedia, miraba desfilar ambulancias, gente gritando, rostros entumecidos y era como si pasase delante de mí la información de la bolsa. Y luego, una publicidad, cualquiera de esos avisos en el que aparece una pareja sonriente, feliz por haber consumido algo que ahora sí justifica sus existencias, y las lágrimas me brotan.
La menor escena amorosa en un filme, por peor que sea, el cruzarme por la calle una de esas parejas que recién se conocen y uno sospecha que cojen como conejos todo el día porque uno también lo hizo, y siento que el mundo se me viene abajo. Veo una pareja y puedo palpar la traición latente, la cruel precariedad de esos pedazos de felicidad tan difíciles de conseguir y que se convertirán luego en un veneno de igual potencia. Por momentos estoy convencido de que mi cuerpo y me cerebro se desconocen. De tanto pensar obsesivamente en Caro, de disecar los indicios que iban a traerme a esta situación, y observar retrospectivamente la falsedad de esos momentos que parecían indelebles por lo auténticos, me pierdo en mi cabeza. Mi cerebro se ha convertido en un laberinto en el que me pierdo la mayor parte del día. Y si de casualidad me cruzo con un espejo, algo me dice que esa no es mi cara, que se trata de un fantasma. La especulación “sentimental” es mi única realidad, como si viviese en una dimensión con un sólo sentido. Entonces como un bobo, veo hombres y mujeres juntos y mis retinas se nublan y un gusto salado me llena la garganta. Sólo me calman los noticieros, que, con sus generosas dosis de tragedia cifrables, me anestesia.
Tal vez lo único que realmente haya pasado es que la vi a Carolina. No a ella, sino una foto de ella. Un conocido, un imbecil, mandó un email colectivo en el que figuraba mi dirección con noticias del grupo que sigue en Escocia. En una esquina, una foto diminuta llamada “Caroline (sí, con e) and Peter”. Así que también lo conocí a Peter. Peter es grande, negro y tiene cara de bueno. En la foto están los dos sentados en un café. Él tiene un gorro donde envolvió sus dreadlocks, un grueso pulóver de lana gris y mira a Carolina con una mezcla de ternura y lo que a mí se me ocurre es condescendencia. Ella lo mira fijo, embobada. Con una mano sostiene la cucharita del café y con la otra acaricia la mano de Peter. El contraste entre la mano blanca de ella, que parece una paloma regordeta y la de él, con dedos flacos y largos es algo que observé durante mucho tiempo. A veces, prendo la computadora únicamente para ver esos centímetros cuadrados de pantalla, y después me tiro en el colchón y trato de dormir.
Así estoy viviendo.

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03/03/2004

Lavarropas



No sé cuántos días pasaron desde Escocia, debería releer mis blogs. No quiero saberlo, siento como si me hubiese bajado del avión desde hace no más de media hora. Al mismo tiempo, cuando pienso en nuestra vida juntos (con... no tengo ganas de escribir su nombre), creo que todo transcurrió el siglo pasado. La bombacha (bragas) negras que encontré en el cesto de ropa sucia mientras buscaba un par de medias que hubiese perdido el olor por el tiempo me recordó lo fresca que estaba la herida. Cursi, sí, el amor, cuando es verdadero, se expresa del modo más tosco, más vulgar. La relación con el tiempo se ha vuelto definitivamente extraña. Sólo la ropa sucia, los platos que se acumulan en la pileta y el correo sin abrir me da una pauta objetiva de que el reloj no se detiene. Por suerte anoche vino Lorena, con una pizza helada pero salvadora. Apenas vio en qué se había convertido mi casa se puso unos guantes y empezó a limpiar. Ahora, con todo brillante y ordenado, me siento un extraño en mi propio departamento. Hay un desfase brutal entre la limpieza de mi hábitat y el caos de mi cabeza. Y creo que es porque una vez que terminó de arreglar la casa le pareció que debía seguir con mi mente que, mientras yo devoraba la última porción de pizza plastificada por un símil de queso, sentado frente a la tele que, ella, sin decir agua va, como si se tratase del movimiento lógico que le sigue al de secar los platos, se arrodilló, me separó las rodillas, me bajó la bragueta y enterró su cabeza entre mis muslos.
En algún momento puso música. “El último disco de Nora Jones”, musitó cuando me llevaba como un niño de la mano hasta el colchón. El reproductor de CD estaba puesto en modo “repeat”. Creo que escuchamos el disco unas 8 veces seguidas mientras practicábamos un interminable 69. No cojimos, en el sentido de que no hubo penetración, simplemente, sin intercambiar palabras, cada uno desde un lado de la cama, nos limitamos a lamernos: ella mi pija y yo su concha. Acabé (me corrí) 4 veces, al final era apenas un chorrito aguachento, totalmente transparente. Después ella fumó, escuchamos la radio y cuando empezaba a clarear, me dormí. Cuando me desperté Lorena se había ido, sobre la heladera encontré más tarde un post-it diciendo que me había dejado el lavarropas listo, que no lo había prendido para no despertarme, que sólo había que presionar el botón de la izquierda. Es estúpido, pero sentí que no tenía fuerzas para apretarlo. Y la ropa sigue ahí. Desde el ojo de buey la máquina, los pantalones y camisas se confunden en un abrazo claustrofóbico; veo este triste espectáculo y siento como si estuviera adentro de la máquina, todo mezclado y sucio, como mi ropa.


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