29/02/2004

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28/02/2004

Maravilloso

Ha pasado mucha agua bajo el puente. Por dónde empezar... Escocia. Odio el turismo, he viajado demasiado como para no saber que hoy se esté donde se esté uno no se ha movido de su casa. La globalización y esas cosas. Al menos en occidente, en cualquier lugar del mapa, se sabe que a menos de 10 Km. alguien devora macamburguesas con fritas, se ríe con Friends y calza zapatillas confeccionadas por niñas vietnamitas de 11 años. Además odio el exotismo. Y como para paisajes basta ver Lonely Planet, me ahorraré descripciones sobre los nativos y sus costumbres. Al grano.

Robert dirige el documental sobre Nessy, el monstruo del lago Ness. Llegué un martes por la mañana en micro con una horda de turistas obesos estrenando cámaras digitales. No me costó demasiado dar con Robert, que daba ordenes desde un teléfono celular sentado en el umbral de su casa rodante. Cuando le dije que era el novio de Carolina emitió una sonrisita como diciendo pobre tipo, y me mandó a buscar a una tal Sonia. La encontré soldando una lámpara. Sonia era muy gorda y todo lo pelirroja que se puede ser, sus dientes tenían un color de leche cuajada. “Ah, así que vos sos Ludovico”, me dijo con un tono de reproche no exento de lástima. Mientras sus dedos salchichezcos se afanaban en reparar un caño me dijo que Caro era una irresponsable, que la olvide. Le pregunté dónde estaba, pero me repetía una y otra vez lo poco profesional que había sido. Mi voz se debió haber vuelto muy amenazadora, porque al final largó un suspiro, se metió en una de las casas rodantes que usan para el rodaje y volvió a salir con un papelito donde había garabateado un número de teléfono. Junto a una tienda de souvenirs encontré un teléfono público. Atendió ella. No parecía sorprendida. Se la escuchaba exultante. Al cabo de unos segundos tuve la impresión de que no era yo, sino ella la que había efectuado el llamado. Necesitaba hablarme, contarme muchas cosas “maravillosas” que le habían pasado, que dónde estaba, que la esperara en el pub, que estaría ahí en media hora. Dos horas más tarde, con tres pintas encima, la vi llegar. O vi llegar, en orden, su cabellera lacia convertida en una pelambre a punto de ser dreadlocks, sus pies blanquísimos y embarrados asomando en unas hojotas (hacían 6 grados) y un tapado que no le conocía, que parecía salir del ropero del ejército de salvación. Cuando luego de apoyar sus manos en mis hombros, me estampó un beso en la frente y no en la boca, supe que todo había terminado.
El alcohol, el olor (que minutos más tarde identifiqué como su sudor) y toda una serie de palabras que nunca le había oído me ahogaban. Lo que me decía se perdía en algún lugar de la mesa que nos separaba. Recuerdo haber escuchado muchas veces la palabra “maravilloso”, y sobre todo “bello” y “hermoso”, términos que su origen social había, hasta ese día, vedado de su vocabulario. Sentía que Carolina estaba contaminada, que otra persona hablaba a través de ella. Recuerdo muy bien cuando dijo “Peter”, ahí mis vapores alcohólicos empezaron a disiparse, y el vértigo cuando dijo “bebé” precedido por el verbo esperar. Creo que si me hubieran dado un mazazo en la cabeza hubiera estado menos aturdido. Mi cerebro decidió ignorar por el momento toda la información que acababa de recibir, decidió que en realidad no era Carolina la que estaba enfrente de mí, resolvió que en realidad ella nunca se había presentado a nuestra cita y, con el poco de sentido de orientación que le quedaba, buscó la puerta sin decir una palabra.

Vomité bastante en el baño del aeropuerto, y mi bilis plastificó la tapa del inodoro del avión.

Pero es no es todo, hay más. Habrá más.

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