16/12/2003

Las lágrimas de Lorena

Lunes 15 de diciembre:

Después de más de diez días sin signos de vida de ella, toqué la puerta de Azul. Me abrió un grueso brazo tatuado seguido por una cara con tardío acné juvenil, un pelo rapado teñido de amarillo y un “uh?”. Y yo me lo quedé mirando como un idiota, con una única neurona que me decía que si Azul está ahí adentro no se manifiestaba y que mejor poner pies en polvorosa. Y como un idiota le pregunté por un departamento y me miró con cara de qué boludo y me dijo “enfrente”. Y claro, enfrente estoy yo, así que no podía llamarme a mí mismo, pero de todas formas lo hice porque el tipo tatuado me seguía mirando. Así que golpée una, dos veces. Por suerte el quía cerró la puerta y en un segundo abrí la mía, la cerré y me senté en mi sillón cubierto de vergüenza.

Media hora más tarde.

En el contestator, titila un impaciente “1”. La música no me dejó escuchar el llamado. Pongo Play: la voz de Lorena, quiere ir a ver “Kill Bill”, no quiere ir sola, quiere que la acompañe. Pero en vez de llamarla consulto mis emails. Carolina. Dice que tiene un nuevo grupo de amigos, enumera una decena de personas poniendo un adjetivo al lado de cada una resumiendo su característica predominante. Junto a un tal “Peter” pone “re-loco” y yo ya sé que Peter es el nombre de quién se la va a cojer. A Carolina. A mi novia.
Carlolina no sabe que escribo este blog, y mientras el cursor avanza pienso que el día que me confiese lo que pasó con Peter, que no fue premeditado, que estaba borracha o alguna estupidez por el estilo, yo la llevaré delante de mi blog y le mostraré esta frase:

Hoy, lunes 15 de diciembre de 2003, sé que Caro va a curtir con Peter. Ella también.

Pasaron dos horas desde el último punto y aparte.

Trataba de despegar los platos sucios apilados y pegados con “La gotita” versión mugre cuando el teléfono volvió a sonar. Lorena. Largas explicaciones para decirle que no quiero ir al cine ni hacer ninguna actividad que implique cruzar el umbral de mi morada. En algún momento de la conversación se pone a llorar. Dice que no quiere estar sola, que estuvo con Celina, recién salida del hospital, y que si quiero trae un video a casa y lo vemos. Le recuerdo que no tengo video ni DVD. Dice que no importa, que trae su laptop y alquila algo. Dice que si quiero me cocina algo. Pienso en mi heladera vacía y digo que sí.

Martes 16 de diciembre.

Lorena llegó a las diez de la noche. Tenía los ojos hinchados. Traía su computadora, un DVD y comida china. Cuando vi que había alquilado la segunda parte de X-Men supe que realmente estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de no estar sola. Estaba muy calladita, y yo sabía que en realidad se contenía, que ni bien yo abriera la canilla con un “bueno, ¿qué pasa?” me inundaría la cabeza con su último problema. Me equivocaba, o casi. Mientras ponía la mesa me dijo algo así como que había ido a ver a Celina. Que había abortado y como nadie la fue a buscar a la clínica se había vuelto sola a su casa en colectivo. Al bajar hizo un mal movimiento y la herida se le había abierto; había perdido mucha sangre. Ella, Lorena, la había ido a ver. Al encontrala así, enchastrada con sangre, se había asustado y la había puteado por inconciente, por no haberla llamado. Celina se lo tomó muy mal y la mandó a la mierda. Lorena me contaba todo esto sin levantar la vista del arroz y el pollo. Le pedí que no llorara sobre la comida que de por sí era agridulce, que no necesitaba aditivos. No se rió ni se enojó, simplemente se calló. Ella comió apenas un poco de arroz y yo terminé comiéndome su porción, un desperdicio.
Mientras Lorena preparaba el café y seguía muda, instalé la computadora en la mesa ratona y puse el DVD. Lorena me dijo que no la esperara y que pusiera la película. ¿Para qué alquila algo que no quiere ver? Un X-Man con acento alemán trataba de matar al presidente de EEUU cuando Lorena apareció con el café. Lo tomamos frente a la pantalla, pero ella miraba el vacío. Después hizo como si estuviese dispuesta a ver la película. Apoyó su mejilla sobre mis piernas. Al rato me pareció sentir que unas gotas calientes calentaban mis muslos. Cuando la oí suspirar con la nariz tapada confirmé que lloraba en silencio. Preferí esta vez no hacer ningún chiste.
Sonó el teléfono, nadie se levantó a atender. Carolina con voz neutra en el contestador (con voz de quería decirte algo que no pienso dejarlo grabado en el contestador): “Quería saber si estabas, bueno, llamo más tarde”. No dijo “un besote, mi amor”, siempre dice “un besote, mi amor”. Lorena se aclaró la garganta y me dijo por qué no la atendés, yo no le respondí.
Hacia la mitad de la película, cuando Wolverine pelea con una mina que tiene unos garfios como los suyos, me di cuenta de que las lágrimas de Lorena no sólo me estaban empapando sino que además me impedía concentrarme en la peli. Pensé que lo que quería era un poco de comprensión así que distraídamente le pasé la yema de mi pulgar por su sien. Pareció calmarse. Agarró la frazada que estaba en el otro extremo del sillón y se cubrió hasta la cabeza. Así, estirada sobre el sillón y tapada parecía un cordón montañoso. Se la veía finalmente en paz, tanto que aunque el peso de su cabeza me cortaba la circulación de la cintura para abajo, no quise molestarla. En la pantalla de la laptop, los X-Men trataban de evitar un desastre aéreo. Cuando todo parecía indicar que iban a ser tragados por un torrente de agua, siento que la cabeza de Lorena se levanta apenas y veo como su brazo se mueve por debajo de la frazada hasta el nivel de mi ombligo. Estonces veo cómo su mano baja lentamente y escucho un “zip”. Sus dedos fríos agarran mi pija blanda y se la pone en la boca. Pasa la lengua alrededor de mi glande. En dos segundos está duro como una piedra. No veo su cabeza, tapada por la frazada, pero deslizo por debajo de la manta mi mano derecha y la ayudo a marcar el ritmo sosteniéndola por la nuca. La suelto sólo para acariciarle el culo. Hacia el final logro meter la diestra por debajo de su pulóver y le agarro su teta derecha, que apenas entra en mi mano. Acabo, pellizcándole con fuerza el pezón. Luego, a tientas, ella agarra una servilleta que venía con la comida china y se limpia la boca. Después se va al baño, donde se queda una eternidad. Mientras, tengo que rebobinar para ver el final de X-Men.

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12/12/2003

Leído en la prensa de hoy:

"Un hombre de 29 años murió en la noche del miércoles luego de que se desatara un incendio en su domicilio , en el vigésimo distrito de París, a causa de la implosión de su televisor"

Así mueren los hombres.
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04/12/2003

Celina

Desde el domingo, Azul no da signos de vida. A decir verdad yo tampoco, creo que nos ignoramos a próposito. Mejor así.
Caro (mi novia) me manda emails desde Escocia. Dice que vio a Nessy (el supuesto monstruo marino del lago Ness), pero sólo en remeras, platos, pósters, vajilla y todo soporte que pueda ser comercializado en las boutiques de los alrededores. También hay mucho loco dando vueltas equipado con largavistas y sofisticadas máquinas electrónicas que sondean el fondo del lago en busca del monstruo y de la prueba irrefutable que los hará millonarios. En fin, así viven los hombres.
Ayer me llamó Lorena. Lorena me llama cada vez que Carolina desaparece por algunos días. No cojemos ni nada, somos amigos, supongo que hay algo de suberotismo que sustenta esta relación, pero no creo que nos veamos con la expectiva de que “pase algo”. Lorena no es muy linda. Es alta, algo rellenita sin ser gorda, sí tiene un buen par de lolas, un culo demasiado grande y unas piernas largas que según sus oscilaciones de peso son sexies o verdaderos troncos amorfos. Supongo que lo que más le gusta a la gente que coje con ella (hombres y mujeres), que es mucha por cierto, es, como dije, sus tetas, y sus labios. Estos tienen una forma natural que, cuando están en reposo y sin que haga la menor mueca, es como que piden que le pongas algo en esa boquita. Pero repito, nos vemos como se ven dos viejos amigos. Lorena (soy el único que no la llama “Lore”, que me hace pensar a “Lora”, que me hace pensar a...) me llamó ayer para ir a tomar un café antes de que empiece su turno: trabaja de moza el un restaurante italiano de un centro comercial. Yo odio los grandes almacenes, pero pensé que era una buena ocasión de pasar por la librería y comprar un par de libros. Acabo de terminar “El silenciero”, de Antonio Di Benedetto. Excelente. Y buscaba ahora “Los suicidas” del mismo autor. Así que le dije a Lorena que sí. Y ella agregó “viene también Celina, no la concés pero vas a ver qué personaje”.
Llegué media hora tarde, culpa de la inútil vendedora de la librería; ya no quedan libreros, los vendedores de ahora son semianalfabetos y con un poco de suerte saben descifrar el número de tu tarjeta de crédito. Según esta señorita, cuya única virtud en su vida era y sería hasta el fin de su existencia tener un culo duro como su cabeza, el libro que estaba buscando tenía que estar en algún lado. Chequeaba una y otra vez en su computadora tecleando con unas uñas largas pintadas de negro y decía cada tanto “ay, no entieeendo”. Le dejé mi número de teléfono y le pedí que ni bien encuentre el ejemplar me lo separe.
Cuando llegué a la confitería, Lorena terminaba un virgin mary. Enfrente, una chica rubia de unos treinta años, hablaba lentamente mirando su pocillo de café, como si estuviera leyendo la borra. Una vez hechas las presentaciones sentí que había algo raro. Lorena, como siempre, hablaba escuchándose a sí misma, muy dicharachera y expansiva. Celina, un poco encorvada, hablaba bajito y no terminaba las frases, y eso cuando Lorena le dejaba meter un bocadillo. Celina era rubia, pero no “una rubia”. Es decir, tenía el pelo rubio, las cejas rubias, los ojos de un celeste aguado, pero no tenía una personalidad de rubia. Supongo que si uno le hubiera hablado por teléfono habría pensado que era morocha, ni siquiera pelirroja. Como Azul, que sí tiene un carácter de roja. Celina entonces, en algún momento, dijo, con una voz triste, “ ¿A que no sabés quién está de nuevo embarazada? Lorena empezó a tirar nombres. Celina, antes de que terminara de pronunciarlos decía no, no, no. Y cada tanto agregaba, siempre con esa vocecita, “no, alguien más cercano”. Y Lorena seguía tirando nombres como si fuesen cañitas voladoras. Mientras, Celina me miraba con una mueca tristona porque sabía que yo ya había entendido. Entonces le di un rodillazo a Lorena por debajo de la mesa, pero Celina ya le estaba diciendo “soy yo, boluda”. Celina contó que su último aborto fue apenas 6 meses antes, y que no tenía fuerzas para hacerlo de nuevo, pero que esta vez sí que no tenía elección. Más calmada, Lorena preguntó por el padre. La cara de Celina dibujó nuevamente una semisonrisa y sus ojos se clavaron en la taza de café. Y Lorena empezó nuevamente a dar nombres, pero esta vez de varón. Una o dos lágrimas cayeron sobre la cucharita de Celina. Y Lorena, por fin, se calló. Hubo un silencio eterno. Y Celina, como cambiando de tema, empezó a contar una historia. Dijo que un mes atrás había habido una fiesta en la quinta de Rodrigo. No sé ni quiero saber quién es. Estaban la mujer de Rodrigo, pasada de merca, el hijo que gateaba entre botellas vacías con el pañal cagado, Matías que también se iba a instalar en el campo, Gustavo, el propio hermano de Celina, Silvia, que también está embarazada, un compañero de teatro que ya no se acuerda el nombre, y gente que iba cayendo pero que en un momento dejó de registrar. Cuestión que mucho tinto, mucha coca, algo de heroína, mucho histeriqueo y reviente. Celina contaba todo esto como quien cuenta un sueño. Decía que todo el mundo estaba cachondo. Que ella flirteó con más de uno, y que, en un momento de la noche, casí desmayada se dio cuenta de que estaba cojiendo, que se sentía exitada, todavía con una remera pero ya sin pantalones y que sentía una respiración caliente encima suyo acompañado por un jadeo de un macho que se dispone a acabar. Entonces, con un destello de lucidez, abrió grandes los ojo y vio encima suyo a Gustavo, su hermano. Ni bien se dio cuenta se lo sacó de encima empujándolo con la planta de los pies. La miré a Lorena, pero ella no parecía muy sorprendida. Celina se calló y me miro con esa mueca siniestra de alguien superado por las circunstancias, y agregó: “El hijo de puta me juró que había acabado afuera, me lo juró, ¿me entendés?” Después Celina dijo que el próximo martes iba a aborar y si Lorena la podía acompañar. “Claro, contá conmigo”, dijo Lorena. Después pagamos la cuenta y cada uno se fue por su lado, Lorena tenía que trabajar. Lorena tiene razón: Celina es un personaje.

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02/12/2003

Se busca alma caritativa que me explique cómo hacer para que mis improbables lectores puedan dejarme un comentario detrás de cada post.
Se me puede escribir a ludovicomal@yahoo.com.ar
Gracias muchas.
L.
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Noticia pescada por ahí.

Pobre tipo.

Antes de suicidarse, un científico de la ciudad de Burdeos (Francia) quemó 240 mil euros en billetes de 500 en la bañadera de su departamento, informaron fuentes judiciales.
El investigador depresivo, que vivía solo, había retirado pacientemente en varias veces todo el dinero que tenía ahorrado en el banco, y lo quemó a finales de octubre.

Luego de la intervención por incendio en un depto de la Cenenon, en las afueras de Burdeos, los bomberos descubrieron al hombre sin sentido en su living.

Este cuarentón permaneció en coma después de haber ingerido varios tubos con medicamentos. Hospitalizado de urgencia, se salvó de morir.

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Más Azul

No sé cuánto tiempo tardé en darme cuenta de que Azul estaba borracha. Es cierto que me abrió la puerta con una música étnica a base de tambores (de Malí, me explicaría luego) mientras bailaba con una copa de vino que desbordaba con cada saltito. Pero como su piso estaba prácticamente a oscuras (con alguna y otra velita, y mucho incienso, olor que odio) no se veían los lamparones que regaban buena parte de la superficie de su depto. Empécé a sospechar algo cuando me percaté de que no había nadie más en su casa, de que no se trataba de una fiesta. O nadie había venido, o había preparado algo para ella sola, ya que no podía estar segura de que yo vendría. En todo caso, mis sospechas se vieron confirmadas cuando se sacó el sueter y se quedó bailando con el corpiño, que amenzaba, como la copa, con desbordar con cada salto. La música estaba demasiado fuerte, repetía una y otra vez una misma frase, pero no le entendía nada. Así que me acerqué y escuché: “Los hombre son todos unos hijos de puta”. Y antes de que pudiera responderle, con la misma mano que agarraba la copa me agarró la nuca y me estampó un chupón seguido de una lengua que sin decir agua va empezó a explorar mis encías. Esto duró dos o tres segundos, y enseguida me dio un empujoncito con la misma mano y siguió bailando. Fui hacia la mesa donde había unos platitos con comida vegetariana, agarré una botella, un destapador y me senté en el piso, en un rincón, a meditar la situación.
En algún momento de su baile, su cara giró, y a luz de una vela delató una lágrima rodando por su mejilla. Está triste o loca y no es por mí, yo apenas entro en la configuración de su desgracia. Y pensé en las puteadas y el portazo que había escuchado algunas horas antes. También, casi sin darme cuenta, empecé a tararear bajito el tema “Substitute” de los Ramones. Empecé a tomar, a tomar mucho y rápido. No quería que, después ella me achacase que yo estaba lúcido y me aproveché de una pobre borracha triste. En vez de tratar de conversar con ella, para que me termine hablando de su novio, decidí ponerme en pedo y quedar en igualdad de condiciones. Durante lo que me llevó terminar la botella me la quedé mirando. Bailaba con con los ojos cerrados y una sonrisa muy extraña, muy estúpida. Pero por más estúpida que sea su sonrisa estaba formada por unos labios bien carnosos. La piel blanquita estaba dorada por la luz de las velas, pero el contraste con el corpiño negro era bastante violento. Tenía una pollera larga y negra pero que le dejaba al descubierto un ombligo con un piercing. Tan obvio. Ahora que me pongo a ordenar todo lo que me pasó esa noche me parece muy claro, pero en ese momento todo era muy irreal, y había conseguido ponerme realmente en pedo muy rápido, ya que no había cenado. La cuestión es que después del beso y de mi pequeña meditación, la tenía bien parada. Me levanté (el mareo casí me clava al piso), le saqué el vaso de vino y, todo como en cámara lenta, la agarré de la muñeca y la hice girar 180 grados. Quedó de espaldas a mí, enfrentada a un espejo, así que yo, desde atrás podía verle la jeta. Ella supo lo que seguía antes que yo: se inclinó hacia adelante apoyando las dos manos sobre la mesa donde estaba parado el espejo y esperó. Con la mano iquierda le levanté la pollera y con la otra le bajé la bombacha. Empapada, estaba. De repente se me ocurrió que, por más de que yo pensara que era yo quien tomaba la iniciativa, muda, era ella quien mandaba. Así que traté de sorprenderla un poco. Mojé mi dedo mayor en el vaso de vino y se lo insarté en el ano. Vi, como en el espejo abría bien lo ojos, pero no se quejaba, parecía aceptarlo. Se lo masajeé durante unos segundos y, cuando me pareció lo suficientemente dilatado, me bajé la bragueta y la penetré. Al principio hubo un forcejeo y algún gritito, incluso me agarró con una mano de la cintura para separarme, pero sin demasiada convición. Escupí un poco sobre mi pija y volví a entrar, era como meterla en un pan de manteca derretida. Acabé al toque. A ella no pareció molestarle, creo que en ningún momento buscó algo de placer. De hecho me dijo “Ya está?” y se subió la bombacha y se alisó la pollera con las dos manos. Descorchó otra botella y empezó a tomarla desde el cuello. Habrá tomado un tercio cuando el líquido invirtió el recorrido pasando de arriba a abajo a de abajo hacia arriba. Como un geiser lanzó un vómito atroz. Me miró como si hubiera descubierto asombrada, por primera vez, que yo estaba en la misma habitación que ella. Y con una voz muy ronca me dijo “fuera de aquí”. No se lo hice repetir.
Sigo después, la cosa no termina aquí.

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